miércoles, 29 de mayo de 2013

"Cuando la comida se transforma en madre" Por Marcos Bomfim

A muchos niños se les enseña desde corta edad a resolver sus pequeñas "crisis" con comida. Galletitas, saladitos, dulces y hasta frutas dejan de ser alimento para ser la forma de "tranquilizar al león" o servir de distracción a los niños que molestan. Eso los torna todavía más "hiperactivos" (por lo menos los padres piensan que son hiperactivos). Como la cosa no se resuelve, algunos hasta llegan a recibir medicina, cuando en verdad, solo necesitan de la madre.
Y llegan a la vida adulta con el carácter mal formado; asaltan la heladera o la farmacia cada vez que las cosas no van bien. La comida sustituyó a la madre, porque tal vez la madre se anuló o se sustituyó por el alimento (hoy mucho más disponible que ella). Como resultado, la salud se deteriora, y por eso, todo empeora, lo que lleva a más asaltos a la despensa. 
Al fin, la víctima se ve prisionera de hábitos formados en la infancia. Descubre que es débil en fuerza de voluntad y dominio propio; y esa incapacidad de negarse, de ejercer abnegación y dominio propio; de decirse no a sí misma, se extiende a otras áreas de la vida, como la profesión, los estudios, la sexualidad, las relaciones, etc.; y la autoestima queda por el piso. Culpa de la madre, que a su vez aprendió de su madre, que a su vez... ¡pobres, todas son víctimas! Pero alguien, una de ellas, en nombre de Dios, debe romper ese círculo de miseria, para que el mal no se perpetúe en las generaciones siguientes. Vea lo que dice la educadora Elena de White sobre el asunto: "Generalmente, desde la cuna se enseña a los niños a satisfacer su apetito y a vivir para comer. Durante la infancia, la madre contribuye mucho a la formación del carácter de sus hijos. Puede enseñarles a dominar el apetito, o a satisfacerlo y volverse glotones. Es frecuente que la madre ordene sus planes para hacer cierta cantidad de trabajo durante el día; y cuando los niños la molestan, en vez de tomarse el tiempo para calmar sus pequeñas tristezas y distraerlos, los acalla dándoles de comer, lo cual cumple su fin durante breve plazo, pero al fin empeora las cosas. El estómago de los niños quedó atestado de alimento cuando menos lo necesitaba. Todo lo que ellos requerían era un poco del tiempo y de la atención de su madre, pero ella consideraba su tiempo como demasiado precioso para dedicarlo a entretener a sus hijos. Posiblemente la tarea de ordenar su casa con buen gusto, a fin de merecer la alabanza de las visitas, y la de preparar alimentos en forma aceptable, son para ella de más importancia que la felicidad y la salud de sus hijos" (El hogar adventista, pág. 236).

Entonces, ¿qué hacer? Primero es importante la presencia de la madre, la presencia de la madre y la presencia de la madre. Los hijos necesitan de la madre y que ella no esté solo presente de cuerpo. Después, para comer, solo se les deben dar alimentos en la hora fija y nada, a parte de agua, en los intervalos. Claro, eso no tiene nada que ver con el estilo de vida de comida rápida que se impuso en estos días, y que se acepta ampliamente como normal. pero es un principio bíblico que enseña fortaleza de carácter, rectitud, que no se puede (y no se debe) tener todo lo que se quiere, y que es muy importante aprender a decirse "no" a uno mismo. Eso hace adultos felices, realizados y con fuerte autoestima  como dijo Salomón, "¡Bienaventurada tú, tierra (o nación, o familia), cuando tu rey es hijo de nombres, y tus príncipes comen a su hora, para reponer sus fuerzas y no para beber!" (Eclesiastés 10:17).

 Pr. Marcos Faiock Bomfim
Director del Departamento de Familia de la DSA.
Revista del Ministerio de la Familia de la Iglesia Adventista del séptimo día. Año 2- Nº 2, pág. 5


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