viernes, 14 de octubre de 2011

Dios no prohíbe en forma arbitraria (Leyes de Salud)



A continuación colocamos un comentario sobre Levítico 11 (Libro del Antiguo Testamento de las Sagradas Escrituras).


"Las leyes divinas sobre la alimentación no son, como algunos lo suponen, simplemente negativas y prohibitorias.  Dios desea que el hombre disponga de lo mejor de todas las cosas, "lo mejor del trigo" (Sal. 81: 16; 147: 14).  Aquel que creó todas las cosas sabe lo que más conviene a sus criaturas y, de acuerdo con su sabiduría, da consejos y recomendaciones.  "No quitará el bien a los que andan en integridad" (Sal. 84: 11).  Lo que Dios prohibe no lo prohibe en forma arbitraria, sino para el bien del hombre.  Los hombres pueden menospreciar el consejo divino, pero la experiencia  y los resultados finales siempre demuestran la sabiduría celestial.


"Dios le dio al hombre un maravilloso cuerpo con posibilidades casi ilimitadas, pero que también consta de muchos órganos delicados, que deben ser cuidadosamente protegidos del abuso si es que han de funcionar bien.  Dentro del cuerpo mismo Dios ha dispuesto lo necesario para el cuidado y la mantención de sus diversos órganos, y aun para su renovación, si se siguen las instrucciones dadas por él.  En muchos casos es posible comenzar un proceso de rehabilitación aun años después de haber abusado del cuerpo.  Los poderes recuperativos de la naturaleza son maravillosos.  En el momento mismo de sufrir una herida, las fuerzas vitales del cuerpo inmediatamente comienzan a reparar el daño hecho.  Los médicos pueden ayudar y hacer un gran bien, pero no tienen poder sanador.  En muchos casos lo único que pueden hacer es dejar que Dios obre.


"Algunos insisten en que Dios se interesa más por el alma del hombre que por su cuerpo; que los valores espirituales son superiores a los físicos.  Esto es cierto, pero debe recordarse que el cuerpo y el alma están íntimamente interrelacionados, que el uno afecta poderosamente al otro, y que no siempre es fácil decir dónde comienza uno y termina el otro.  Aunque concordamos en que el hombre espiritual es de suprema importancia, no creemos que por eso deba descuidarse el cuerpo.  Tal era la filosofía de ciertos "santos" medievales que se mortificaban el cuerpo para beneficio del alma; pero ése no era el plan de Dios.  Unió el cuerpo con el alma para que se beneficiaran mutuamente.


"La declaración "porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él" (Prov. 23: 7) toca uno de los problemas fundamentales de la vida.  El hombre es lo que piensa. ¿Es un proceso físico el pensamiento? ¿Pueden existir los pensamientos independientemente de algún tipo de mecanismo que sea capaz de pensar?  Sea lo que fuere el pensamiento, de todos modos determina la conducta.  Si una persona piensa en forma correcta, es probable que su conducta sea correcta.  Si la mente se ocupa en lo malo, las acciones serán malas.


"¿Tiene el cuerpo alguna influencia sobre el pensamiento del hombre?  Por cierto que sí.  Todos saben que ingerir bebidas embriagantes afecta tanto el pensamiento como las acciones.  El alcohol desbarata el juicio del hombre y tiende a hacerlo irresponsable.  Su mente no funciona como cuando está sobrio; sus facultades no operan normalmente; todas sus reacciones se retardan.  Si maneja un automóvil, se convierte en un peligro para otros y en un homicida en potencia (ver com. cap. 10: 9).


"La mayoría de los hombres admiten que la bebida tiene malos efectos. ¿Pueden tener efectos similares los hábitos erróneos de alimentación?  Sí, aunque quizás no sean tan notables como los del alcohol.  El alimento afecta la conducta y el pensamiento del hombre.  Más de un muchacho ha recibido una paliza porque las tostadas del padre se habían quemado, o porque el café estaba chirle o frío.  Más de un divorcio ha tenido su origen en el departamento culinario de la casa.  Los vendedores no esperan concretar buenas ventas frente a clientes dispépticos.  El abogado astuto sabe que hay un momento adecuado para acercarse a un juez venal en busca de una consideración favorable; y los diplomáticos y estadistas conocen el valor de un banquete opíparo.  Si se combinan en forma hábil el vino y los alimentos, se puede llegar a acuerdos que nunca se firmarían si los contratantes hubieran estado en pleno uso de sus facultades normales.  Tales acuerdos han sido la maldición del mundo por generaciones.


"¿Afecta a la mente el alimento? ¿Afectan el espíritu la comida y la bebida?  Por supuesto.  Una perspectiva agria de la vida a menudo nace de un estómago ácido.  El comer bien no necesariamente producirá un genio agradable; pero comer mal entorpece el vivir a la altura de la norma fijada por Dios.


"Las leyes divinas que rigen la alimentación no son pronunciamientos arbitrarios que privan al hombre del gozo de comer.  Son más bien leyes sensatas y justas que el hombre hará bien en acatar si desea mantener la salud, o tal vez recobrarla.  Por regla general se encontrará que el alimento que Dios aprueba es el mismo que los hombres han descubierto que es el mejor, y que el desacuerdo no proviene de lo que se aprueba, sino de lo que se prohíbe.


"Estos estatutos alimentarlos fueron dados al Israel de antaño y se adaptaban a sus circunstancias.  La mayoría de los judíos aún los respeta, y estas leyes han servido bien durante más de 3.000 años.  La condición física de los judíos da testimonio de que estas reglas no son obsoletas ni han perdido su vigencia, si es que entendemos que su propósito es el de producir un pueblo notablemente libre de muchas de las enfermedades que azotan a los hombres hoy.  A pesar de las persecuciones y las penalidades sufridas por los judíos, mayores que las experimentadas por cualquier otra nación sobre la faz de la tierra, y por períodos más largos, en general los judíos son una raza vigorosa.  Al menos en parte, este hecho se explica por su obediencia a las leyes sobre alimentación presentadas por Dios en Lev. 11."


Fuente: Comentario Bíblico Adventista, Casa Editora Sudamericana,Tomo1, páginas 769 y 760


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